martes, 15 de febrero de 2011

Ridículo

Cuando mi madrina -que en el Cielo está- intuía mi intención de cortar un inmenso filete para hacerlo asequible a mi capacidad deglutora, exclamaba invariablemente: ¡no seas ridículo! Y plantificaba el filete entero en el plato, y no había más que hablar -solo quedaba comer-.


Por eso me saca de quicio esta época plagada de ridiculeces. Veamos, se hace una obra de infraestructura de muchos euros y supuestamente muy necesaria en mi ciudad de acogida, aparecen cuatro piedras de cuando los romanos -cuatro, no un acueducto-, o cuatro ladrillos de una plaza de toros del s. XVIII, y se para todo hasta estudiar, catalogar y ver cómo salvar el resto arqueológico de marras, mientras la iglesia de San Jerónimo, joya renacentista, se cae a pedazos.


Se pone en marcha la construcción de edificios para usos culturales que luego no se pueden acabar o, acabados, usar por falta de dineros, mientras otros, ya construidos y monumentales, yacen en la incuria. Para colmo, la lista de BIC (bienes de interés cultural) crece incontenible, como si con esto bastara para que a una olvidada torre de vigía más meada que un urinario le crezcan las almenas.


Basta que fallezca un presunto prócer de las artes que sean para que a nuestros políticos de boina y alpargata se les llene la boca de proyectos de museo del cante, premio de poesía, exposición retrospectiva y demás celebraciones de la mediocridad (Mr. Incredible dixit). Mientras, cada pueblo, cada barrio, cada valle a presumir de museo del esparto, centro cultural de la memoria lugareña y centro de interpretación de la rana verde (eso que inteligentemente no quería ser Gustavo, porque lo confunden con la hierba y le pisa la gente).


La actividad estrella en estos momentos en el Centro de Estudios Lorquianos de Fuente Vaqueros -solar natal de Federico García Lorca-, construido a tutiplén con fondos FEDER, es, lo juro, el kick boxing.


La memez de los ricos es infinita, la de los nuevos es ricos es, además, ridícula.