No sé a qué viene tanta alarma social con la gripe porcina: bastaría con aplicar las sacrosantas medidas profilácticas que se aplican para el sida, y todos felices.
Con repartir mascarillas, todo resuelto.
Perplejidad, del latín perplexistas,-atis, irresolución, confusión, duda de lo que se debe hacer en una cosa
No sé a qué viene tanta alarma social con la gripe porcina: bastaría con aplicar las sacrosantas medidas profilácticas que se aplican para el sida, y todos felices.
Con repartir mascarillas, todo resuelto.
Me han contado que, aprovechando mis días en el extranjero, una columnista de por aquí ha esgrimido un argumento irrefutable en defensa del aborto. Según ella, ni los pro vida nos creemos de verdad que el embrión es vida humana y el aborto un asesinato: “si yo creyera eso, estaría organizando un buen follón” habría venido a decir.
No está mal, es un buen toque de atención para los pro vida, por acomodaticios y conformistas: deberíamos estar armando una gorda.
Ahora bien, ¿cómo se compadece que le tilden a uno de ultra, extremista, fundamentalista y otras lindezas de ese tenor por oponerse al aborto, y resulte que en el fondo se sea un tibio inconsecuente?
Item más; puedo suponer que la columnista de referencia piensa que Guantánamo, por poner un poner, es un inadmisible crimen de lesa Humanidad, y, sin embargo, no me consta que esté encabezando ninguna contundente acción que porfíe por su cierre.
Los que leemos el Evangelio ya estamos avisados: “si ayuno, dicen ‘tiene demonio’, si no, aseguran ‘he aquí un hombre comedor y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”.
Ladran, luego cabalgamos.
“Veo este blog un poco parado...”, señala Robert Redford, y con razón; y no es porque no haya que comentar, no. Por ejemplo, he leído estos días cosas como que con la crisis los divorcios disminuyen en España un 30%, que somos el segundo país que mejor acepta el divorcio (del mundo, ojo), y que el índice de natalidad sigue en aumento por estos barrios.
¿Quién lo entiende?
A simple vista parece que muchos divorcios se deben a razones tan fútiles que un poco de falta de liquidez las relega a segundo plano: se entiende que con este planteamiento el divorcio nos parezca guay. ¿Tengo dinero? Me divorcio. ¿No lo tengo? A esperar que pase la crisis.
He estado estos días atrás con un buen puñado de chavales de quince y dieciséis años, y lo que he visto en cuanto a las consecuencias en estos chicos del divorcio de sus padres no es tan guay.
Por último, aunque no menos importante: pese a la crisis, la natalidad aumenta. ¿No era la falta de dinero la causa de que los españoles y españolas no tuvieran los hijos que decían querían tener? Quizá el motivo sea otro…
Este blog, se mueve poco, cierto; pero se mueve (Galileo dixit).
Gracias, Robert.
Primero fueron las bodas por lo municipal, luego las primeras comuniones laicas, ahora los talleres de duelo, que según sus promotores, están teniendo un éxito arrollador (son gratis).
Se conoce que quitar a Dios de en medio tiene su precio, no se puede hacer así como así, hay que buscarle sucedáneos.
Puede que sea porque Dios constituya una honda necesidad del hombre…
Hay que ver qué contorsiones tienen que hacer los que no quieren o pueden referirse a Dios o al Cielo que nos tiene prometido –si queremos-. Desde los que se dirigen a algún recientemente fallecido con aquello de “donde estés”, a los que apoyan a quienes sufren una desgracia con lo de “les envío toda mi fuerza”, como si fueran caballeros Jedai.
Resulta tan poco anatómico que hasta personas sumamente agiles con el lenguaje como Francisco Ayala se las ven y se las desean para dar gracias. “Doy gracias al mundo por haberme consentido seguir adelante”, parece ser que ha comunicado a sus fieles con motivo de su 103 cumpleaños.
Me ha hecho recordar la canción de Violeta Parra, Gracias a la vida (que me ha dado tanto…); pero claro, ¿y quién nos da la vida?, nuestros padres, ¿y a estos?, sus padres, ¿y a estos…? Si se sigue por ahí igual acabamos en Dios sabe dónde. Así que mejor “gracias al mundo”.
Pero ¿quién creó el mundo?
Mucha contorsión lingüística para acabar en el mismo sitio; pero con las vértebras hechas polvo.
A veces hay titulares de prensa que se me escapan, en especial algunos referidos a resultados de estudios que concluyen en perogrulladas.
El caso de hoy es este: “Los niños entre 10 y 15 años sufren la mitad de los accidentes infantiles”. En concreto, un estudio de la Escuela Andaluza de Salud ha averiguado que los niños de esa edad sufren el 44% del total de accidentes, lo que deja el 56% a los niños de menos de diez años: visto así, da la sensación de que el tramo de edad no es significativo en cuestión de accidentes, por lo que no comprendo muy bien el titular.
Sobre todo cuando podría haberse destacado que los niños se accidentan más que las niñas (61% frente a 39 %), o que las niñas se accidentan más en el hogar que fuera; pero eso podría dar lugar a que alguien pensara que niños y niñas son diferentes, y eso iría contra el dogma de la igualdad de sexos…